Hablar español no es novedad en Estados Unidos y mucho menos en Nueva York, ciudad cosmopolita que por muchas décadas ha tenido una dinámica población hispanohablante y ha sido, históricamente, caldero de inmigrantes de multitud de orígenes y lenguas.

Por ello, resultan notorios casos como el de un sujeto que, en un restaurante Fresh Kitchen en Manhattan, arremetió contra dos clientas y un empleado del lugar simplemente porque hablaron español entre ellos. Molesto al parecer por el uso de esa lengua en Estados Unidos y diciendo que no deberían hacerlo sino hablar inglés, asumió que por ello se trataba de indocumentados y amenazó con llamar a las autoridades de inmigración para que los echaran del país. Todo quedó documentado en Facebook por Edward Suazo, que se encontraba en el citado restaurante cuando se dio el incidente.

Un hombre clamó que llamaría a Inmigración para que se llevara a dos clientas y un empleado de un restaurante en Nueva York solo porque oyó que hablaban español. (Archivo Yahoo)
Un hombre clamó que llamaría a Inmigración para que se llevara a dos clientas y un empleado de un restaurante en Nueva York solo porque oyó que hablaban español. (Imagen capturada del video del incidente. Archivo Yahoo)

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Nada hay de nuevo en que en Nueva York se hable español, tanto por sus millones de habitantes hispanos como por los muy numerosos turistas provenientes de naciones hispanohablantes, y aunque trasnochado y errado, el rechazo a la diversidad ha existido históricamente en mayor o menor grado. Pero es curioso que el irritado sujeto fundara su clamor en su suposición de que esos hispanohablantes eran indocumentados, de lo cual el hablar español no es evidencia, y de la noción también equívoca, a la que él mismo aludió, de que los inmigrantes sin papeles viven en Estados Unidos a costillas de los ciudadanos, que pagan por los beneficios que reciben.

Mensajes que son parte de la retórica antiinmigrante pero que no coinciden con la realidad.

Por añadidura, dado que no se sabe realmente el estatus migratorio o la condición socioeconómica de las personas que fueron objeto del desplante del citado individuo, queda solo el tono racista y xenófobo de su desplante, que curiosamente él mismo revela al reprocharle a otro empleado del restaurante, como informó CNN, que “en un lugar como el Centro de Manhattan su personal debe hablar inglés. No español”. Así, al parecer era la cercanía y presencia misma de los hispanohablantes, en una actitud propia de tiempos de la segregación, lo que lo molestaba.

Una circunstancia que, por añadidura, choca con la realidad misma pues justo en el área del código postal donde se ubica ese restaurante en Manhattan, una zona de alto nivel económico, viven casi 4,400 hispanos, además de más de 12,500 personas nacidas en otros países, de acuerdo a cifras del Censo. En total, 14,675 de las 46,362 personas mayores de cinco años que viven en ese código postal hablan un idioma diferente al inglés, y 3,119 son hispanohablantes.

En ese contexto, el clima de acoso y estigmatización contra los indocumentados atizado por el propio presidente Donald Trump y diversas instancias del gobierno federal ha conducido a expresiones que van mucho más allá de un afán de hacer cumplir las leyes (por demás obsoletas) de inmigración o de neutralizar la cauda de crimen perpetrado por personas que residen irregularmente en el país (un fenómeno que pese a la histeria oficial es menor proporcionalmente, como se ha mostrado en diversos estudios, al cometido por los propios estadounidenses).

Ha propiciado situaciones de xenofobia, racismo, hostigamiento y discriminación que no solo resultan ofensivas y humanamente reprobables sino que revelan que existe un envalentonamiento, motivado en gran medida por los dichos y políticas del propio Trump, de individuos y grupos de ideas retardatarias que no dudan en expresarlas abiertamente y ominosamente. Y que confunden o mezclan nociones de estatus migratorio, idioma, raza y otros factores en un solo caldo al que vuelven chivo expiatorio u herramienta de su encono político o discriminatorio.

Todo ello en contra de la tradición de apertura, democracia y libertad que ha caracterizado a Estados Unidos, nación fundada y desarrollada justamente por personas llegadas de todas partes del mundo, y en donde se ha emprendido durante décadas una lucha cívica en pro de los derechos civiles y las libertades.

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Manifestantes rodean el Manifestantes rodean el
Manifestantes rodean el “Deportation Bus” del candidato a la gobernación del Partido Republicano de Georgia Michael Williams durante una parada en Clarkston. (EFE)

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Otro caso notorio es el del “autobús de la deportación” que Michael Williams, precandidato republicano a gobernador de Georgia, promovió en un comercial. Según él, su política ante los indocumentados no será solo “rastrearlos y ver cómo recorren nuestro estado, vamos a ponerlos en este autobús y enviarlos a casa”. Williams es un seguidor de Trump y su mensaje sigue la punzante línea antiinmigrante común en grupos de la derecha radical. Pero en realidad Williams goza de una intención de voto marginal y según encuestas lograría solo unos pocos puntos porcentuales en la primaria republicana del próximo 22 de mayo.

Y su “autobús de la deportación” ha suscitado amplio repudio.

Con todo, tanto el hombre que arremetió contra los hispanohablantes en una ciudad cosmopolita como el candidato marginal que trata de aumentar su reducido apoyo electoral con mensajes xenófobos, son ejemplos de un sustrato de confrontación y polarización política y social que no ayudan a la convivencia armónica y democrática y que aunque han existido por muy largo tiempo han ganado notoriedad y acción en el rudo contexto promovido por Trump.

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