Donald Trump ha festinado su reciente cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-un y si bien ciertamente se trató de un encuentro histórico, por la condición inédita de que un presidente estadounidense se reúna con un mandatario de Corea del Norte, resulta aún prematuro calificar sus repercusiones concretas y las consecuencias que pueda tener para la paz y el entendimiento en la Península de Corea y en el general de las relaciones internacionales.

En todo caso, en comparación con la explosiva retórica de 2017 entre Trump y Kim, la reunión de Singapur implica una notoria distensión que tiene aristas favorables pero que, en aspectos fundamentales y de principios, ha sido criticada porque el presidente estadounidense se habría relajado demasiado.

El líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reunieron en una cumbre inédita en Singapur. (AP)
El líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reunieron en una cumbre inédita en Singapur. (AP)

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Y ello no por el hecho en sí de reunirse sino porque en la comunicación de Trump en torno a la cumbre y ciertamente en los acuerdos, o principios de acuerdo anunciados se ha omitido el hecho de que Corea del Norte es un régimen dictatorial con un muy grave historial de violaciones a los derechos humanos, represión y persecución de sus propios habitantes e, inclusive, de secuestro y agresión letal en contra de extranjeros, incluidos estadounidenses.

Contrasta, por ejemplo, que Trump haya calificado al premier canadiense Justin Trudeau de traición y deshonestidad porque dijo que su país establecerá aranceles en represalia a los que previamente EEUU impuso al acero y el aluminio de Canadá y, en cambio, diga que es un honor reunirse con el líder de un régimen dictatorial acusado de cometer atrocidades enormes contra su propia población y que ha amenazado con ataques devastadores a Estados Unidos.

Pero Trump dijo que Kim “tiene una gran personalidad”, “ama a su pueblo” y “su pueblo lo ama”. Afirmaciones que más que diplomáticamente respetuosas suenan ingenuas o engañosas, pues la figura de Kim ciertamente es venerada por miles y miles de norcoreanos pero también su régimen ha sido calificado como uno de los peores del mundo en violaciones de derechos humanos.

Testimonios de personas que huyeron o desertaron de Corea del Norte y escaparon a occidente recogidos por The Washington Post arrojan un poco de luz al respecto, si bien la opacidad del régimen y la imposibilidad de verificar esas afirmaciones mantiene todo en una punzante tensión e incertidumbre:

  • “Es imposible expresar cualquier tipo de oposición porque estamos bajo muy estricta vigilancia…”.
  • “La familia Kim usa el terror para mantener a la gente atemorizada y eso hace imposible realizar cualquier tipo de reunión social, ya no se diga un levantamiento…”.
  • “El secreto de la sobrevivencia del régimen de Corea del Norte es el reino del terror. ¿Por qué cree que Corea del Norte tiene ejecuciones en público? ¿Por qué piensa que se bloquean todas las comunicaciones? ¿Por qué cree que los norcoreanos se van sabiendo que no volverán a ver a sus familias? Eso muestra lo mal que están las cosas. Todos nuestros derechos como pueblo nos han sido arrebatados…”.
  • “Si hablas en contra del sistema serás arrestado inmediatamente. Y si haces algo mal, tres generaciones de tu familia serán castigadas…”.

En contrapartida, se ha dicho que abrir negociaciones y hablar directamente con Kim era una necesidad ante la realidad, haya sido como haya sido, de que Corea del Norte es una potencia nuclear y de que cualquier solución militar, incluso si solo fuese convencional, implica la devastación de la Península Coreana con miles y miles de víctimas civiles.

Con todo, puede decirse que la exigencia de vigencia y respeto de los derechos humanos fundamentales debió, al menos, ser enunciada en el caso de Corea del Norte por parte del gobierno de Trump, lo que al parecer no sucedió en el contexto de la cumbre con Kim. Y cabe recordar que meses atrás el estudiante estadounidense Otto Warmbier, quien fue tratado tan brutalmente por sus captores norcoreanos, falleció al poco de ser devuelto a Estados Unidos y el gobierno de Trump vinculó su muerte directamente a las acciones del régimen de Pyongyang.

Pero tal señalamiento no tuvo lugar, al menos no públicamente, y eso en realidad resulta muy problemático. Algunos dirían que abordar esos temas habría hecho inviable la cumbre o la habría cancelado abruptamente, y con ello echado a perder la teatralidad político-mercadotécnica que tanto agrada a Trump y devuelto el escenario a sus momentos de explosiva tensión, pero por otro lado sugiere que el ego presidencial y su posicionamiento político interno pudieron más que la denuncia moral de severos agravios a valores y derechos básicos.

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Según algunas voces, al menos por ahora y en aras de abrir el diálogo eso sería aceptable, pero se deberían dar a pasos en el corto plazo para ir abordando esos otros asuntos fundamentales. Y otros consideran que la desnuclearización y el evitar una conflagración armada son la prioridad absoluta, y en esa real politik la omisión o posposición de la atención de otros temas importantes era necesaria.

En todo caso, aunque el gobierno de Estados Unidos ha afirmado que se acordó dar pasos a la desnuclearización de Corea, desde el régimen de Kim no se ha dado ninguna promesa al respeto y en cambio se ha festinado la oferta de Trump de suspender los ejercicios militares conjuntos de Estados Unidos con Corea del Sur, lo que consternó desde luego a los surcoreanos pero incluso también a estamentos en Washington mismo.

Eso no es necesariamente negativo pues toda distensión es auspiciosa, sobre todo si Kim suspende también sus pruebas atómicas o de misiles, pero resulta muy problemática si no tiene garantías suficientes de la otra parte y si no ha sido consensuada con los aliados.

Para muchos, tratar de contener la amenaza nuclear de Corea del Norte y evitar un conflicto armado justifica la negociación directa con el régimen de Kim Juog Un. (Archivo Yahoo)Para muchos, tratar de contener la amenaza nuclear de Corea del Norte y evitar un conflicto armado justifica la negociación directa con el régimen de Kim Juog Un. (Archivo Yahoo)
Para muchos, tratar de contener la amenaza nuclear de Corea del Norte y evitar un conflicto armado justifica la negociación directa con el régimen de Kim Juog Un. (Archivo Yahoo)

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La apuesta de Trump, así, es arriesgada y ciertamente puede pagarle grandes dividendos. Si eso se expresa en el avance de la paz general y, también, en mejoras para la población norcoreana será un éxito que superará sus claroscuros. Eso sin olvidar el contexto de que dar legitimidad al régimen de Kim, un factor implícito en la cumbre misma, resulta punzante desde la perspectiva democrática y de derechos humanos.

Pero también podría ser un precipicio por el que Trump podría deslizarse si su persuasión personal no da efecto, si los impulsos de poder militar del régimen de Kim y sus prácticas brutales persisten y acaban neutralizando el esquema y si la presión de otros intereses estadounidenses, de sus aliados y de otras potencias (como China) suscitan distorsiones que acaban imponiéndose.

La diplomacia es siempre bienvenida y debe ser la vía en las relaciones internacionales. Lo deseable es que finalmente esta cumbre conduzca a la paz en la Península Coreana. Esa es la esperanza. Pero eso aún está por verse y lo único claro es que la histórica cumbre de Trump y Kim produjo imágenes inusitadas y declaraciones festivas, pero aún debe cumplir aportando cambios verdaderos, sustantivos y duraderos.

Sigue a Jesús Del Toro en Twitter: @JesusDelToro

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